miércoles, 9 de mayo de 2012

Nunca te enamores



Aquella carta, perturbó mi alma como si de una sentencia de muerte se tratara. Debía poner fin a mi tapadera. Despedirme de la vida que había llevado durante más de quince años. Raúl Camino Rosado, letrado en un importante bufete de abogados en el centro de la ciudad, mi yo ficticio, desaparecería para siempre de la faz de la tierra.
         Las instrucciones eran claras. La vida que me había llevado quince años construir, debía ser destruida en unos pocos segundos. Tenía el tiempo justo de coger sólo aquello que delatara mi verdadero origen y luego salir de allí pitando como un cohete.
         No me concedían tiempo para despedirme de Laura. No era la primera mujer que abandona, pero esta vez era distinto. Creo que realmente la quiero. Su imponente figura, sus curvas capaces de quitar el hipo, sus tiernos y dulces labios de gominola, sus hipnóticos ojos verdes que parecían ser capaces de adivinar mis pensamientos, era justo el tipo de mujer a la que nunca debía de haberme acercado. Había violado la primera norma del espía: Nunca te enamores.
         Pero ya era demasiado tarde, el mal estaba causado. En la carta me informaban de que mi tapadera había sido descubierta, que mi vida corría peligro. Por ello debía desaparecer lo más rápido posible. ¿Quién pudo descubrir mi verdadera identidad? Había sido muy cuidadoso. Me resistía a marcharme y creía que si descubría al maldito bastardo que me había desenmascarado, quizás permitirían que siguiera con aquella identidad. Junto a la preciosa y cariñosa Laura.
         Por más que lo intentaba, no conseguía descubrir en que había fallado, cual había sido el error que había puesto en evidencia mi mentira. Tales pensamientos me entretuvieron. No demasiado, siquiera diez minutos, pero sí lo suficiente. A mi espalda me apuntaban con una pistola. Pude ver con claridad quien era, pues yo me encontraba frente a un gran espejo que ocupaba una gran parte de una pared del dormitorio. Era Laura. La hermosa Laura, la cariñosa Laura, la mortal Laura. Mi único amor, mi peligroso enemigo. Por mi cabeza taladró la única norma que no cumplí, la única que debía haber cumplido. Nunca te enamores, por que te cegará. Nunca te enamores porque te matará.


Kiwi

Para que no todo sea relatos míos, os vuelvo a dejar un corto de animación. Sin duda es uno de mis preferidos. Este simpático ave que cumple con su sueño sin reparar en las consecuencias. Si no lo han visto ya (cosa que dudo), espero que lo disfruten y sepan ver ese optimismo que se esconde en este corto.


lunes, 7 de mayo de 2012

Su único defecto


Sólo, aparcado en un rincón junto al cable del teléfono dejo que pasen las horas. Una lágrima empaña mis ojos. No hago nada para pararla. No lloro por estar en este asilo, solo y sin familia. Tampoco lloro por estar confinado en esta silla de ruedas. Mi vida ha sido larga, la he disfrutado como he podido. Ya no ansío seguir viviéndola, no ansío compañía, ni siquiera deseo volver a caminar. Tan sólo espero, y me dejo llevar por los recuerdos.
           
            Son los recuerdos los que me hacen llorar, pero son lo único que tengo ahora. En mi mano sostengo una pequeña y antigua cajita de música. En su interior están aquellos horribles pendientes que tanto le gustaban. Abro la cajita y los contemplo.

            En el fondo de mi alma sé que siempre me recriminó que no le hubiera dado descendencia. Deseaba haber tenido una nieta a la que poder dar aquellos estrambóticos pendientes, igual que su abuela se los dio a ella, quien los recibió de su respectiva abuela. Se hubiera conformado con poder haberlos dejado a una hija o incluso a la mujer de algún hijo nuestro. Hubiera dado lo que fuera por haber dejado esas alhajas en herencia a alguien que pudiera llevarlas puestas. Quizás si le hubiera dejado algún vástago ahora no estaría aquí sólo. O quizás sí, quién sabe.

  No obstante, nunca me lo echó en cara, nunca se mostró disgustada conmigo, aunque lo estuviera. Siempre aparentó ser feliz. Era un encanto. Era perfecta. Bueno, perfecta, no. Nunca supo hacer la sopa de tomate por más que se empeñaba. Era incomestible. Decía que, al igual que esos pendientes, era una herencia familiar y ponía gran cariño a su receta. Pero detestaba aquella sopa aún más de lo que detestaba aquellos pendientes. Cada viernes hacía aquella bazofia incomible y cada viernes yo ponía alguna excusa para no comerla.

Pero nunca me lo echó en cara, nunca se mostró disgustada conmigo. Era un encanto. En cambio yo, estoy aquí sentado recordando el único defecto que tenía. Soy despreciable. En lugar de recordar el día que la conocí y los nervios que sentía hasta que decidí hablar con ella, pienso en el único plato que no sabía cocinar. En lugar de recordar el primer beso, de recordar sus labios, su piel, su amor, su dedicación, recuerdo aquella estúpida sopa. Soy despreciable. No recuerdo el día que nos casamos, ni aquel esplendido viaje a París, ni las tardes que pasamos juntos en el parque, o las noches en mi viejo coche cuando éramos novios. No me ha dado por recordar su dulce voz, su espléndida sonrisa, su buen humor siempre, su fuerza a pesar de su larga enfermedad. Su fuerza. Su fuerza era increíble. No me ha dado por evocar como se empeñaba por mostrarse bien a pesar de estar devorada por el cáncer. Como trataba de animarme a mí, que era quién debía animarla a ella. No rememoro todos esos fantásticos recuerdos. En cambio recuerdo su único defecto sin importancia. Su único fallo. Soy despreciable. Creo que nunca conseguí quererla como se merecía, en cambio ella me dio más amor del que me correspondía.

De repente todo se revoluciona. Las demás almas que habitan en este asilo se arremolinan ante el salón. Ese ruido característico de arrastrar de pies, bastones y sillas de ruedas anuncia que se acerca la hora de comer. La puerta de la cocina se abre y a mis orificios nasales llega el olor de la comida. Es sopa de tomate. Me encanta la sopa de tomate que preparan aquí, pero nunca la como.  Me hace recordar su único defecto. Me hace recordar lo mezquino que soy, que nunca la quise lo suficiente, que nunca le mostré el amor que debía haber mostrado. Y añoro su asqueroso plato. Daría lo que fuera por poder volver a comer esa sopa, por que fuera ella quien la cocinara. La añoro tanto que hasta añoro sus defectos. ¿Soy despreciable?


Relato publicado en papel por la "Revista Fábula"

miércoles, 14 de marzo de 2012

Hacia una vida mejor




Mario estaba harto de su vida, por lo que había tomado la determinación de acabar con ella. Miró en las páginas amarillas y encontró lo que necesitaba. Se anunciaban con letras enormes:  

        “ACABAMOS  CON SU VIDA Y LE CONDUCIMOS HACIA UNA MEJOR”.

No se lo pensó dos veces y fue corriendo a sus instalaciones. Una leve familiaridad con aquel lugar cruzó por su cabeza, auque estaba convencido de que era la primera vez que pisaba ese edificio. Su interior era pulcro, anodino, con una blancura y sencillez que lo hacía profundamente impersonal. Era perfecto. Una atenta recepcionista le pidió amablemente que esperara a que el doctor terminara con la visita anterior. “La visita anterior”, le gustaba como sonaba, estaba realmente encantado con semejante trato frío e indiferente. Ese completo desafecto por la vida le impulsaba aún más en su decisión. Cierto que algunas personas afirman que aquella empresa no mata a la gente. Pero Mario no estaba de acuerdo con dicha afirmación. Decían que lo único que hacían era borrar los recuerdos sustituyéndolos por otros más agradables y felices. Acababan con la personalidad que le había tocado en suerte y le daban una nueva y mejor. Pero lo único que no destruían era el cuerpo, en cambio, la mente la hacían desaparecer por completo. ¿Como afirmar que no mataban a nadie si hacían desaparecer por completo todo tu ser? ¿Acaso sólo somos pedazos de carne? ¿Acaso no son nuestros recuerdos, nuestras motivaciones y nuestro carácter lo que nos define como seres humanos, distinguiéndonos unos de otros? Pero bueno, dentro de poco nada de esto importará, por que Mario será otra persona. Y había elegido una personalidad nada inquisitiva y nada preocupada por los problemas metafísicos, y motivado únicamente por los placeres carnales y materiales de la vida.

Relato publicado en "Portal de Ciencia Ficción".



martes, 6 de marzo de 2012

Miedo a la oscuridad


Rogelio siempre tuvo miedo a la oscuridad. Sin ninguna explicación, ni ningún trauma infantil. Simplemente algo dentro de él le decía que si se quedaba en un lugar oscuro algo terrible le sucedería. 
             Era evidente que aquello era una estupidez y Rogelio era totalmente consciente de ello; pero bueno dicen que los miedos son irracionales y este no tenía que ser más racional que el resto.
         Su terror venía desde que nació. Su madre le había contado aquella historia millones de veces.  Durante el tiempo que estuvo ingresada después del parto, no había llorado ni una sola vez, pues la luz del pasillo del hospital siempre permanecía encendida. Pero una vez lo llevaron a casa, en su primera noche comenzó a berrear con tantas fuerzas que parecía que se iba a ahogar. Pero tan pronto como encendían la luz, sus preocupados padres, el niño dejaba de llorar. Así sucedía una y otra vez; apagaban la luz y berreaba como si fuera el fin del mundo y al encenderla se dormía plácidamente como un dulce querubín acariciado por los rayos de luz artificial.
           Cuando lo llevaron al doctor, este no encontró ningún problema físico en el niño, comunicándoles que el niño tenía la salud de un roble y que a esa edad el que llorara a media noche no era nada extraño.            Pero sus agotados padres no estaban de acuerdo sólo lloraba cuando lo dejaban a oscuras, alguna explicación debía de tener. Pero ni médicos ni psicólogos infantiles supieron dar respuesta, ya que ninguno de ellos había visto nunca que una fobia se manifestara de forma tan prematura. La única solución que les dieron, fue que se acostumbraran a dormir con una luz encendida hasta que aquel niño tuviera edad para hacer terapia.
           Y así transcurrió la vida de Rogelio, siempre con una luz encendida. Evitando pasar por aquel callejón que le ponía los pelos de punta, y siempre con una linterna en el bolsillo; pues nunca se sabe cuando puede haber un apagón. 



Silvia se removió incomoda en la cama. No podía pegar ojo. Y como era típico en ella, tenía que buscar un culpable a su insomnio que no fuera su propia conciencia. De manera brusca le pegó un codazo a Rogelio que dormía placidamente a su lado. Cuando Rogelio abrió los ojos y vio la cara de Silvia iluminada por los destellos del televisor sin volumen, supo que se avecinaba una discusión.
–¿Duermes bien? –preguntó Silvia con evidente retintín. 
Rogelio no contestó. Sabía el porqué lo había despertado y también el porqué de aquella pregunta. Cada vez que Silvia no podía dormir mantenían la misma discusión; y Rogelio sabía que la única manera de terminar pronto con la discusión era no decir nada. Así ella se desahogaba y él podría volver a dormir en cuanto ella callara.
–Tu tienes la culpa de que no pueda pegar ojo en toda la noche. Toda la noche con la televisión encendida. ¿Qué eres un maldito niño? ¿Por qué no puedes dormir a oscuras como las personas normales?
Silvia tenia razón, él mismo se había hecho aquella misma pregunta millones de veces. Pero no podía evitarlo, y sabía que Silvia le increpaba de aquel modo por que algo que la preocupaba no la dejaba dormir. Pues el resto de noches dormía como un lirón sin importar que hubiera una, o mil luces.
–Lo siento cariño, si tanto te molesta me voy al salón y así podrás dormir con la luz apagada. –dijo Rogelio, mecánicamente sin sentirlo de veras.
–Siempre la misma salida. –dijo Silvia furiosa, al parecer esta noche no se iba a dar por vencida tan pronto como de costumbre–. No quiero que te vayas al salón, a dormir en el sofá como si fuéramos un viejo matrimonio. Yo quiero dormir junto a mi marido, como las personas normales. Con las luces apagad…
Antes de que Silvia acabara lo que estaba diciendo, se le encendió una alarma en la cabeza de Rogelio. Imaginó lo que iba a hacer. Iba a apagar la luz y dejarlo a oscuras. Pero antes de que Silvia pudiera reaccionar Rogelio había encendido la luz del pasillo y se iba para el salón. 
       Pocos segundos después la habitación del joven matrimonio quedó a oscuras. Pero a pesar de ello Silvia continuó sin poder pegar ojo. Por su parte Rogelio, tendido en el sofá con las luces del salón encendidas, fue también víctima del insomnio. Por su cabeza no paraba de pasar su comportamiento tan pueril. No paraba de recriminarse que debía haber aguantado al menos unos segundos con la luz apagada. Que debía de empezar a afrontar su miedo poco a poco, aumentando el número de segundos que podía aguantar con las luces apagadas sin gritar. Incluso pensó apagar las luces durante un segundo. Se probaría a sí mismo lo absurdo de su miedo y su valor. Acercó su mano al interruptor, sin llegar a accionarlo. Y así permaneció toda la noche.

A la vuelta del trabajo Rogelio se quedó mirando como de costumbre aquel callejón. Si lo atravesara se evitaría tener que rodear toda la manzana, pues su casa estaba justo enfrente cruzando aquel callejón. Pero estaba totalmente a oscuras. Había mandado algunas peticiones al ayuntamiento para que alumbraran aquella zona. Pero su petición había sido desoída. Los motivos de la solicitud, no habían sido las referentes a su miedo, por supuesto. En su petición observaba que al carecer de iluminación aquel callejón era foco de delincuencia, prostitución y droga. Aquello no era del todo cierto. Pues era el callejón mas tranquilo de toda la ciudad. Y además el miedo de Rogelio a pasar por aquel callejón no era el hecho de que lo atracaran al pasar. Sino su estúpido miedo a la oscuridad.



Llevaba días bullendo por su cabeza aquella idea. Pero aquella noche entre las risas de la cena, lo había decidido. Aquella noche se enfrentaría a su gran temor.
      César estaba contando por enésima vez la historia de  como descubrió el miedo a la oscuridad de Rogelio. No parecía cansarse nunca de contarla, y el resto de amigos tampoco parecían aburrirse ante la anécdota ya mil veces escuchada, a juzgar por sus risotadas. Rogelio normalmente se unía a la fiesta, sacando otros trapos sucios de César o cualquier otro que estaba en la mesa. Además pocos creían aquella historia, lo cierto es que sólo César y Silvia conocían a la perfección su miedo. Pero aquella noche, Rogelio permaneció en silencio durante casi toda la velada.
       Cuando tuvo ocasión César le preguntó a Rogelio si algo de lo que había dicho le había sentado mal. Lo cierto es que César era un bocazas y en más de una ocasión Rogelio había pensado en patearle la cabeza. Pero en el fondo era un buen tipo, y Rogelio lo sabía. Sabía que si se metía tanto con él era para que se decidiera a enfrentarse a sus temores. Aunque sólo fuera para no oírlo más. Quizás hoy se saliera con la suya.
       –Esta noche voy a hacerlo. –dijo Rogelio a modo de respuesta.
       –¿Vas a hacer, qué? –le preguntó César algo descolocado por la respuesta, pues no guardaba relación con lo que le acababa de preguntar.
      –Voy a enfrentarme a mi miedo. –dijo al tiempo que forzaba una sonrisa –. Quizás después de esta noche no puedas volver a reírte de mí.
      –No te preocupes por eso, ya se me ocurrirá otra cosa, si será por defectos. –y se echó a reír –. Bueno –dijo con tono mas serio  –¿Cuando vas a hacerlo?


Allí estaban. Rogelio, Silvia y César delante del maldito callejón. 
     Dicen que la manera más efectiva de enfrentarse al miedo al agua es tirarse de cabeza a una piscina olímpica. Lo llaman tratamiento de choque. No hay forma mejor para enfrentarse al terror que el mirar a tus miedos a la cara y comprobar que no te producen ningún mal.
     Rogelio había decidido mirar a su miedo frente a frente, por ello decidió hacer aquello que le producía mas miedo. Atravesaría aquel maldito callejón oscuro. Comprobaría que la oscuridad no le hace ningún mal a la gente. Que su miedo es irracional, y con esta premisa podrá empezar a enfrentarse a todos sus temores.
Rogelio vaciló durante unos instantes, pero una sensación más fuerte que el miedo invadía su pecho. No supo describirlo, tenía mas miedo del que hubiera tenido nunca, pero en cambio se encontraba con mas fuerzas que nunca para enfrentarse a él. 
       Entonces entró.
    Silvia y César aguardaban oír las palabras de Rogelio al otro lado del callejón. Los dos querían acompañarlo, pero Rogelio se empeñó en ir solo. Tras unos instantes, al no escuchar nada al otro lado se empezaron a impacientar. Quizás había sufrido un shock. Alarmados no tardaron en ir en su busca.
      Cuando su mujer y su amigo atravesaron aquella callejuela no encontraron rastro alguno de Rogelio. Nunca más se volvió a saber de él. Simplemente desapareció. Como si lo hubiera engullido el callejón. 
        Quizás el miedo de Rogelio no fuera tan irracional después de todo.


jueves, 1 de marzo de 2012

A un universo de distancia.

Más que el tripulante de aquella magnífica nave, soy un pasajero de un vehículo sin control. Mi misión era conseguir que su cerebro segregara la suficiente sustancia química en su organismo como para que su corazón latiera con fuerza cada vez que yo estuviera cerca. Tamaña proeza para la que concentre cuerpo y alma.

Historias de éxitos y fracasos en similares empresas alentaban mis ánimos  y depuraban posibles fallos que pudiera cometer. La creación de una estructura que me permitiera acercarme a ella, se convirtió en una autentica obsesión. Pero finalmente la construí. Su diseño era magnífico, perfecto. Nada podía salir mal. O al menos eso creí. 
Ilusionado en mi proyecto y cargado de orgullo y optimismo subí a la lanzadera, me introduje en el habitáculo de mando y accioné los controles que ponían en marcha los propulsores. Atravesé mi propia estratosfera en dirección a ella. El trayecto iba según mis cálculos. 

La sensación de ausencia de gravedad y problemas durante aquella parte del trayecto, inflaron mi ego, dándome la seguridad de que no existía meta por grande que fuera que no pudiera conseguir. Aunque aquella fuera la meta más difícil del cosmos entero, ¿qué podría salir mal?

Pero antes siquiera de entrar en su campo gravitacional, algo parecía no funcionar correctamente. Mi maravillosa nave no conseguía vencer la fuerza de su sensual mirada. Mi cabina restalló con innumerables alarmas sonoras y luminosas. El oxigeno dejó de entrar en el habitáculo proporcionándome una sensación de ahogo nunca antes experimentado por mi. Los controles no obedecían y los reactores que impulsaban mi nave parecieron apagarse, dejándome en una situación de descontrol que realmente me aterraba. 

Mi infructuoso medio de transporte no fue capaz de penetrar en su atmósfera y quedó inerte girando alrededor de su orbe durante toda la eternidad. La cualidad más gratificante de la eternidad es que te proporciona tiempo para reflexionar con una tranquilidad que la caducidad no te permite. De ese modo despejé mis dudas y comprendí mis errores. El principal de ellos fue el propósito de mi misión. Fui un egocéntrico idiota al querer controlar los sentimientos de ella, cuando rara vez somos capaces de controlar los nuestros propios.  Y esa fue mi perdición. 

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martes, 28 de febrero de 2012

“Los fantásticos libros voladores del señor Morris Lessmore”

El otro día cayó en mis manos este magnífico corto de animación. No sólo es un gran trabajo que mereció el Oscar que recibió como mejor corto de animación, sino que además es un espectacular homenaje del placer de leer. La historia cuenta las aventuras de Morris, un sujeto que es arrastrado por un tornado a un lugar gris debido a la ausencia de libros, donde no puede continuar escribiendo su propio libro. Vamos el corto perfecto para añadir en un blog de literatura. Espero que lo disfruten.



sábado, 25 de febrero de 2012

Los ojos del asesino


Dentro de la habitación de aquel sucio motel estaba a salvo de la terrible ventisca. Aunque el tiempo, por malo que fuera no era el mayor de mis problemas. Cuánto desearía estar ahora en la maldita calle.
En algún lugar de la habitación sonaba un viejo tocadiscos. Odio la música de los 70, pero debo reconocer que “Stuck in the Middle With You” es una buena banda sonora para morir. Lo que me lleva a por qué prefiero estar en medio de una gran tormenta, antes que en esta maldita habitación. ¡Hasta preferiría estar en el puñetero polo norte sin abrigo antes que estar aquí! 
Enfrente mío, un tipo me apunta con un arma de fuego. Era un gran revolver, una mágnum 357 de cañón largo. Y estaba a escasos centímetros de mi cabeza. Odio que me pasen estas cosas.
No lo había oído entrar. La puerta estaba rota, pero no escuché el estrépito que debió hacer al romperse. Había bebido más de la cuenta en el bar de abajo, y debí de quedarme dormido en el sofá. Maldigo el tener un sueño tan profundo.
¿Por qué la mayoría de los crímenes se cometen de noche ante el amparo de la luna? Me pregunté, mientras mi asaltante me gritaba un montón de incongruencias. No podía creer casi nada de lo que estaba escuchando.
Su voz asimilaba el zumbido de una mosca. No paraba de repetir que iba a matarme. Que la gente como yo no merece seguir viviendo. Que él estaba allí para borrar la basura del planeta, y que yo era basura, por lo que debía acabar conmigo. Si aquel tipo no llevara en sus manos un arma tan grande, le hubiera metido un calcetín en su estúpida boca para que dejara de hablar.
También repetía que yo había matado a su hijo. El pobre infeliz estaba totalmente convencido de ello. Se trataba de un hombre de edad avanzada. Debía tener cerca de sesenta años. El pelo se le acumulaba a los dos lados de las sienes, dejando una gran calva en el centro de la cabeza. Vociferaba que yo le había arrebatado lo mejor que había hecho en toda su vida. Su aspecto, pese a su estado de nerviosismo y alteración, era el de una persona respetable. O lo que la sociedad entiende por respetable. Un hombre que ha dado su vida por su familia, trabajando duramente durante años, en un trabajo de mala muerte, en que su jefe seguramente le explotaba todo lo que podía. No era mi visión de hombre respetable, pero debía reconocer que había algo de conmovedor en todo ello. Casi me recordaba a mi propio padre, o quizás lo hubiera hecho si alguna vez hubiera tenido alguno.
Sin apartar el revolver de mi cabeza se acercó a un gran calendario que colgaba de una de las paredes de la mugrienta habitación.
     Señaló una fecha con la mano que le quedaba libre. “Aquél día –me dijo, con la voz quebrada–. No sólo acabaste con la vida de mi hijo, sino que pusiste término a dos vidas más; a la mía y la tuya.
Al terminar de decir eso, sujetó el arma con más fuerza y acercó un paso hacia mí. Pero no consiguió amedrentarme. No sabía muy bien lo que se proponía. Quizás estaba esperando a que confesara que efectivamente había matado a su hijo, o que implorara por su perdón. Pero no estaba dispuesto a hacer ninguna de esas dos cosas. 
     Estaba completamente tranquilo. Aunque odio realmente que me apunten con un arma.
    Desde que vi a aquel tipo y miré en sus ojos, supe que no iba a matarme. Sus ojos carecían del valor necesario para matar a una persona. No poseía los ojos del asesino. Por desgracia para aquel pobre infeliz, yo sabía muy bien como debía de ser la mirada de un asesino. Desde que nací contemplaba esa mirada cada vez que me miraba a un espejo.

jueves, 23 de febrero de 2012

Océanos de lágrimas

Sus lágrimas cayeron al mar y recordó una historia que le contaba su abuelo de niña.
      La historia contaba que hubo un tiempo en que la tierra era árida, no existían los mares ni los océanos. Existían ríos y lagos de agua dulce acumulados por la lluvia, pero el agua salada de los océanos era inexistente. Esa preciosa extensión líquida de color azul verdoso, que más tarde daría un segundo nombre a la tierra (el nombre de planeta azul), era por entonces una ilusión de algunos soñadores. La fuente de la vida como la llaman algunos, no es más que una alegoría poética para describir algo increíblemente bello, pero es falso. Nunca fue la fuente real de la vida, pues el hombre pobló la tierra antes de existir esta concentración de agua.

       La historia de su abuelo contaba que aquellos tiempos fueron unos tiempos especialmente tristes. Quizás por la inexistencia de algo tan bello, hipnótico, cautivador, creador de ilusiones y deseos; como lo es la mar. Pero quien puede saberlo, su abuelo no estaba allí para corroborarlo. El caso era que la gente que habitaba por aquellos tiempos, era desdichada, infeliz, amasijos de carne realmente desconsolados; por lo que todo el día estaban llorando. Su abuelo contaba que aquellas lágrimas no fueron absorbidas por la tierra, que se quedaron en la superficie formando charcos que se hacían cada vez más grandes. Hasta que el pasar de los años convirtieron esos charcos de lágrimas en mares de lágrimas. Y con el paso de los siglos vinieron los océanos, tal y como los conocemos ahora. Por eso su sabor es salado. Su abuelo concluía la historia diciendo que aquel océano de lágrimas aplacó aquel sentimiento de desesperación. Que con sólo mirar aquella superficie líquida las penas de los que la contemplaban, desaparecían. La serenidad y la calma inundaron para siempre el corazón de aquellos que miran la mar y contemplan su grandeza. Así el mundo cambió, convirtiéndose en un lugar mejor, más feliz, más habitable.
         Pero aquello no era más que una estúpida historia, el cuento de un viejo lunático. 
        Mientras sus lágrimas caían por sus mejillas el mundo le parecía un lugar atroz, cruel e injusto. Y a pesar de lo que su ignorante abuelo le contaba de niña, el ver aquella cruel extensión de agua no la tranquilizaba, no la calmaba, no la consolaba. Al mirar al mar no encontraba ese mágico atributo que le quería conceder aquella necia historia. No, no había belleza en aquella estampa, había fealdad y maldad. Sólo veía en el mar a un terrible enemigo. Un basto leviatán capaz de las peores crueldades. El mundo estaría mejor sin él. Aquel líquido supuestamente formado por lágrimas (si es que alguien cree en la historia de su abuelo) le había arrebatado lo que más quería en este mundo. Lo único que había amado realmente.
          Una ola gigante había borrado de la historia al barco donde faenaba Daniel, y con él a todos los que lo tripulaban. Nunca apareció un solo cuerpo. Sólo algunas astillas y trozos del armazón del barco aparecían todavía por la costa. La ola había devorado sin piedad a todos aquellos hombres. Nada quedó de ellos. Aquella mujer, ahora de pie, frente al criminal que mató a su marido no pudo siquiera enterrar sus restos. No podía perdonar a aquel mar por no permitir que se despidiera de su marido, por obligarle a pensar que quizás no esté muerto, que se ha salvado, que está en algún lugar perdido y sin memoria. Aunque en el fondo de su alma y su razón conocía la verdad.  Nunca más  vería a Daniel.
        Y allí de pie, mientras sus lágrimas caían a la mar, aquella mujer ignoraba que éstas se mezclaban con la mar misma, convirtiéndose en mar. Mientras lloraba ignoraba que su fatal enemigo se hacía más grande, más fuerte. Ignoraba que lo alimentaba con su llanto. Que sus lágrimas formarían, para toda la eternidad, parte de esa masa informe. Ignoraba que sus lágrimas hundirían más barcos y producirían más tristeza. Ignoraba que sus lágrimas alegrarán a algunas almas melancólicas, que traerán paz y serenidad a hombres meditativos que la contemplen. Ignoraba que inspirarán a poetas, literatos y viejos lunáticos que expresarán en sus creaciones y fantasías las grandezas y mezquindades de esta enorme extensión de líquido (quizás lágrimas, quizás no), que nos rodea.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Ella vendrá en aquel tren


El tren se detuvo. No tenia reloj, ni manera de comprobar la hora, pero estaba seguro de que llegaba puntual. Como siempre. Mientras sonaba el chirriar de los frenos del ferrocarril me hice de nuevo esa maldita pregunta. ¿Vendrá hoy en este tren? No recordaba las veces que por mi cabeza habían pasado esas cinco palabras. Ni por cuanto tiempo llevaba esperándola. Pero estoy completamente seguro de que ella vendrá en aquel tren.
Los pasajeros comenzaron a abandonar sus vagones, saliendo  al andén. Muchos de ellos acudían al encuentro de familiares y amigos que esperaban pacientemente al igual que yo. Sin levantarme del banco en el que estoy sentado, alzo la cabeza en su busca. Pero es difícil discernirla entre la multitud. Esos instantes de incertidumbre hacen aumentar mi desasosiego. ¿Vendrá hoy?
Recuerdo el día que cogí el tren. El día en que me separé de ella. Fue el mismo día que le pedí que se casara conmigo. Yo la amo, pero aquella mañana habíamos discutido. ¿Quién sabe por qué?, ¿Acaso no discuten los enamorados? Pero la discusión terminó con su “Sí, quiero”. Mis ojos se llenaron de lágrimas y hasta el teléfono móvil se me cayó de las manos.
Ahora estoy sentado en esta vieja estación. Esperando. Pensando si ha conocido a otro, si ha vuelto a ser feliz sin mí. Una parte de mi (la mejor parte de mi) quiere que haya rehecho su vida partiendo de cero, quiere que nunca coja ese tren. Hasta ese punto la quiero. Pero sé que ella vendrá en aquel tren.
Entonces, os preguntareis, ¿si tanto la quieres, por qué subiste al tren? ¿Por qué pusiste tanta distancia entre vosotros? ¿Por qué no eres tú el que va en su busca, en lugar de sólo esperar? En mi defensa debo decir que nunca compre el billete y que tampoco fui pasajero voluntario. Y si pudiera, ya me habría marchado hace tiempo. Vinieron a por mí y me obligaron a partir. Al igual que harán con ella.
La estación comenzó a vaciarse. Son en estos instantes cuando el pecho me golpea con más fuerza, y mi parte egoísta quiere verla. Quiere verla mirando hacia los lados en mi busca. Y que corra hacia mis brazos una vez me haya visto. Quiero volver a olerla, tocarla, besarla. Entonces recuerdo como llegue aquí. Porqué me trajeron. Iba conduciendo cuando le pedí que se casara conmigo. Hablaba por el móvil, por lo que ni siquiera pude ver su cara de sorpresa ante aquella pregunta que ni yo mismo esperaba. Unas lágrimas perlaron mis ojos y me distraje de la carretera. Mi coche quedó completamente destrozado, y yo fui arrastrado hacia el maldito tren.
     Ahora la espero. Que otra cosa puedo hacer. Dispongo de toda la eternidad, y esta espera, no es más que un instante. Pero un instante doloroso. Una tortura. Anhelar con toda mi alma el poder verla, poder tocarla, oler su aroma de nuevo; y desear que no sea hoy ese día. No querer que muera, como lo hice yo. Y mientras el andén se despeja la misma pregunta de siempre vuelve a mi cabeza. ¿Vendrá hoy en este tren?

Post cero


Dejando las vergüenzas y miedos atrás, por fin he decidido poner mis relatos a disposición, tanto de conocidos, como de desconocidos (antes eran éstos últimos casi los únicos con los que había compartido alguna de mis creaciones). Este blog será el portal en el que dar rienda suelta a mis ocurrencias, el lienzo en el que plasmar todas mis ideas; las ya concebidas y aquellas que están por venir. 

Además de relatos, este espacio será el lugar perfecto para compartir mis gustos literarios y cinéfilos, siendo un portal desde el cual poder hacer mis recomendaciones y críticas. Por decirlo de alguna forma será el lugar donde podré gritar mis extraños gustos a los siete vientos, sin que me interrumpan llamándome friky.

Pero para ello necesitaré la ayuda de todo aquél que pase por este blog, aunque sea por equivocación, soy bastante inexperto en este mundo blogero y cualquier ayuda me vendrá bien. Además un lugar donde compartir mis ideas y relatos no sirve de nada sin personas que lo lean y comenten. Así pues siéntanse invitados a comentar, sugerir y criticar (no hace falta decir que siempre desde el respeto) cualquier cosa que les pase por la cabeza. No tengan miedo en convertir este lugar creado para verter mis ideas en un lienzo donde poder pintar con las suyas propias.

Gracias a todos y espero disfruten de este humilde blog.