martes, 28 de febrero de 2012

“Los fantásticos libros voladores del señor Morris Lessmore”

El otro día cayó en mis manos este magnífico corto de animación. No sólo es un gran trabajo que mereció el Oscar que recibió como mejor corto de animación, sino que además es un espectacular homenaje del placer de leer. La historia cuenta las aventuras de Morris, un sujeto que es arrastrado por un tornado a un lugar gris debido a la ausencia de libros, donde no puede continuar escribiendo su propio libro. Vamos el corto perfecto para añadir en un blog de literatura. Espero que lo disfruten.



sábado, 25 de febrero de 2012

Los ojos del asesino


Dentro de la habitación de aquel sucio motel estaba a salvo de la terrible ventisca. Aunque el tiempo, por malo que fuera no era el mayor de mis problemas. Cuánto desearía estar ahora en la maldita calle.
En algún lugar de la habitación sonaba un viejo tocadiscos. Odio la música de los 70, pero debo reconocer que “Stuck in the Middle With You” es una buena banda sonora para morir. Lo que me lleva a por qué prefiero estar en medio de una gran tormenta, antes que en esta maldita habitación. ¡Hasta preferiría estar en el puñetero polo norte sin abrigo antes que estar aquí! 
Enfrente mío, un tipo me apunta con un arma de fuego. Era un gran revolver, una mágnum 357 de cañón largo. Y estaba a escasos centímetros de mi cabeza. Odio que me pasen estas cosas.
No lo había oído entrar. La puerta estaba rota, pero no escuché el estrépito que debió hacer al romperse. Había bebido más de la cuenta en el bar de abajo, y debí de quedarme dormido en el sofá. Maldigo el tener un sueño tan profundo.
¿Por qué la mayoría de los crímenes se cometen de noche ante el amparo de la luna? Me pregunté, mientras mi asaltante me gritaba un montón de incongruencias. No podía creer casi nada de lo que estaba escuchando.
Su voz asimilaba el zumbido de una mosca. No paraba de repetir que iba a matarme. Que la gente como yo no merece seguir viviendo. Que él estaba allí para borrar la basura del planeta, y que yo era basura, por lo que debía acabar conmigo. Si aquel tipo no llevara en sus manos un arma tan grande, le hubiera metido un calcetín en su estúpida boca para que dejara de hablar.
También repetía que yo había matado a su hijo. El pobre infeliz estaba totalmente convencido de ello. Se trataba de un hombre de edad avanzada. Debía tener cerca de sesenta años. El pelo se le acumulaba a los dos lados de las sienes, dejando una gran calva en el centro de la cabeza. Vociferaba que yo le había arrebatado lo mejor que había hecho en toda su vida. Su aspecto, pese a su estado de nerviosismo y alteración, era el de una persona respetable. O lo que la sociedad entiende por respetable. Un hombre que ha dado su vida por su familia, trabajando duramente durante años, en un trabajo de mala muerte, en que su jefe seguramente le explotaba todo lo que podía. No era mi visión de hombre respetable, pero debía reconocer que había algo de conmovedor en todo ello. Casi me recordaba a mi propio padre, o quizás lo hubiera hecho si alguna vez hubiera tenido alguno.
Sin apartar el revolver de mi cabeza se acercó a un gran calendario que colgaba de una de las paredes de la mugrienta habitación.
     Señaló una fecha con la mano que le quedaba libre. “Aquél día –me dijo, con la voz quebrada–. No sólo acabaste con la vida de mi hijo, sino que pusiste término a dos vidas más; a la mía y la tuya.
Al terminar de decir eso, sujetó el arma con más fuerza y acercó un paso hacia mí. Pero no consiguió amedrentarme. No sabía muy bien lo que se proponía. Quizás estaba esperando a que confesara que efectivamente había matado a su hijo, o que implorara por su perdón. Pero no estaba dispuesto a hacer ninguna de esas dos cosas. 
     Estaba completamente tranquilo. Aunque odio realmente que me apunten con un arma.
    Desde que vi a aquel tipo y miré en sus ojos, supe que no iba a matarme. Sus ojos carecían del valor necesario para matar a una persona. No poseía los ojos del asesino. Por desgracia para aquel pobre infeliz, yo sabía muy bien como debía de ser la mirada de un asesino. Desde que nací contemplaba esa mirada cada vez que me miraba a un espejo.

jueves, 23 de febrero de 2012

Océanos de lágrimas

Sus lágrimas cayeron al mar y recordó una historia que le contaba su abuelo de niña.
      La historia contaba que hubo un tiempo en que la tierra era árida, no existían los mares ni los océanos. Existían ríos y lagos de agua dulce acumulados por la lluvia, pero el agua salada de los océanos era inexistente. Esa preciosa extensión líquida de color azul verdoso, que más tarde daría un segundo nombre a la tierra (el nombre de planeta azul), era por entonces una ilusión de algunos soñadores. La fuente de la vida como la llaman algunos, no es más que una alegoría poética para describir algo increíblemente bello, pero es falso. Nunca fue la fuente real de la vida, pues el hombre pobló la tierra antes de existir esta concentración de agua.

       La historia de su abuelo contaba que aquellos tiempos fueron unos tiempos especialmente tristes. Quizás por la inexistencia de algo tan bello, hipnótico, cautivador, creador de ilusiones y deseos; como lo es la mar. Pero quien puede saberlo, su abuelo no estaba allí para corroborarlo. El caso era que la gente que habitaba por aquellos tiempos, era desdichada, infeliz, amasijos de carne realmente desconsolados; por lo que todo el día estaban llorando. Su abuelo contaba que aquellas lágrimas no fueron absorbidas por la tierra, que se quedaron en la superficie formando charcos que se hacían cada vez más grandes. Hasta que el pasar de los años convirtieron esos charcos de lágrimas en mares de lágrimas. Y con el paso de los siglos vinieron los océanos, tal y como los conocemos ahora. Por eso su sabor es salado. Su abuelo concluía la historia diciendo que aquel océano de lágrimas aplacó aquel sentimiento de desesperación. Que con sólo mirar aquella superficie líquida las penas de los que la contemplaban, desaparecían. La serenidad y la calma inundaron para siempre el corazón de aquellos que miran la mar y contemplan su grandeza. Así el mundo cambió, convirtiéndose en un lugar mejor, más feliz, más habitable.
         Pero aquello no era más que una estúpida historia, el cuento de un viejo lunático. 
        Mientras sus lágrimas caían por sus mejillas el mundo le parecía un lugar atroz, cruel e injusto. Y a pesar de lo que su ignorante abuelo le contaba de niña, el ver aquella cruel extensión de agua no la tranquilizaba, no la calmaba, no la consolaba. Al mirar al mar no encontraba ese mágico atributo que le quería conceder aquella necia historia. No, no había belleza en aquella estampa, había fealdad y maldad. Sólo veía en el mar a un terrible enemigo. Un basto leviatán capaz de las peores crueldades. El mundo estaría mejor sin él. Aquel líquido supuestamente formado por lágrimas (si es que alguien cree en la historia de su abuelo) le había arrebatado lo que más quería en este mundo. Lo único que había amado realmente.
          Una ola gigante había borrado de la historia al barco donde faenaba Daniel, y con él a todos los que lo tripulaban. Nunca apareció un solo cuerpo. Sólo algunas astillas y trozos del armazón del barco aparecían todavía por la costa. La ola había devorado sin piedad a todos aquellos hombres. Nada quedó de ellos. Aquella mujer, ahora de pie, frente al criminal que mató a su marido no pudo siquiera enterrar sus restos. No podía perdonar a aquel mar por no permitir que se despidiera de su marido, por obligarle a pensar que quizás no esté muerto, que se ha salvado, que está en algún lugar perdido y sin memoria. Aunque en el fondo de su alma y su razón conocía la verdad.  Nunca más  vería a Daniel.
        Y allí de pie, mientras sus lágrimas caían a la mar, aquella mujer ignoraba que éstas se mezclaban con la mar misma, convirtiéndose en mar. Mientras lloraba ignoraba que su fatal enemigo se hacía más grande, más fuerte. Ignoraba que lo alimentaba con su llanto. Que sus lágrimas formarían, para toda la eternidad, parte de esa masa informe. Ignoraba que sus lágrimas hundirían más barcos y producirían más tristeza. Ignoraba que sus lágrimas alegrarán a algunas almas melancólicas, que traerán paz y serenidad a hombres meditativos que la contemplen. Ignoraba que inspirarán a poetas, literatos y viejos lunáticos que expresarán en sus creaciones y fantasías las grandezas y mezquindades de esta enorme extensión de líquido (quizás lágrimas, quizás no), que nos rodea.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Ella vendrá en aquel tren


El tren se detuvo. No tenia reloj, ni manera de comprobar la hora, pero estaba seguro de que llegaba puntual. Como siempre. Mientras sonaba el chirriar de los frenos del ferrocarril me hice de nuevo esa maldita pregunta. ¿Vendrá hoy en este tren? No recordaba las veces que por mi cabeza habían pasado esas cinco palabras. Ni por cuanto tiempo llevaba esperándola. Pero estoy completamente seguro de que ella vendrá en aquel tren.
Los pasajeros comenzaron a abandonar sus vagones, saliendo  al andén. Muchos de ellos acudían al encuentro de familiares y amigos que esperaban pacientemente al igual que yo. Sin levantarme del banco en el que estoy sentado, alzo la cabeza en su busca. Pero es difícil discernirla entre la multitud. Esos instantes de incertidumbre hacen aumentar mi desasosiego. ¿Vendrá hoy?
Recuerdo el día que cogí el tren. El día en que me separé de ella. Fue el mismo día que le pedí que se casara conmigo. Yo la amo, pero aquella mañana habíamos discutido. ¿Quién sabe por qué?, ¿Acaso no discuten los enamorados? Pero la discusión terminó con su “Sí, quiero”. Mis ojos se llenaron de lágrimas y hasta el teléfono móvil se me cayó de las manos.
Ahora estoy sentado en esta vieja estación. Esperando. Pensando si ha conocido a otro, si ha vuelto a ser feliz sin mí. Una parte de mi (la mejor parte de mi) quiere que haya rehecho su vida partiendo de cero, quiere que nunca coja ese tren. Hasta ese punto la quiero. Pero sé que ella vendrá en aquel tren.
Entonces, os preguntareis, ¿si tanto la quieres, por qué subiste al tren? ¿Por qué pusiste tanta distancia entre vosotros? ¿Por qué no eres tú el que va en su busca, en lugar de sólo esperar? En mi defensa debo decir que nunca compre el billete y que tampoco fui pasajero voluntario. Y si pudiera, ya me habría marchado hace tiempo. Vinieron a por mí y me obligaron a partir. Al igual que harán con ella.
La estación comenzó a vaciarse. Son en estos instantes cuando el pecho me golpea con más fuerza, y mi parte egoísta quiere verla. Quiere verla mirando hacia los lados en mi busca. Y que corra hacia mis brazos una vez me haya visto. Quiero volver a olerla, tocarla, besarla. Entonces recuerdo como llegue aquí. Porqué me trajeron. Iba conduciendo cuando le pedí que se casara conmigo. Hablaba por el móvil, por lo que ni siquiera pude ver su cara de sorpresa ante aquella pregunta que ni yo mismo esperaba. Unas lágrimas perlaron mis ojos y me distraje de la carretera. Mi coche quedó completamente destrozado, y yo fui arrastrado hacia el maldito tren.
     Ahora la espero. Que otra cosa puedo hacer. Dispongo de toda la eternidad, y esta espera, no es más que un instante. Pero un instante doloroso. Una tortura. Anhelar con toda mi alma el poder verla, poder tocarla, oler su aroma de nuevo; y desear que no sea hoy ese día. No querer que muera, como lo hice yo. Y mientras el andén se despeja la misma pregunta de siempre vuelve a mi cabeza. ¿Vendrá hoy en este tren?

Post cero


Dejando las vergüenzas y miedos atrás, por fin he decidido poner mis relatos a disposición, tanto de conocidos, como de desconocidos (antes eran éstos últimos casi los únicos con los que había compartido alguna de mis creaciones). Este blog será el portal en el que dar rienda suelta a mis ocurrencias, el lienzo en el que plasmar todas mis ideas; las ya concebidas y aquellas que están por venir. 

Además de relatos, este espacio será el lugar perfecto para compartir mis gustos literarios y cinéfilos, siendo un portal desde el cual poder hacer mis recomendaciones y críticas. Por decirlo de alguna forma será el lugar donde podré gritar mis extraños gustos a los siete vientos, sin que me interrumpan llamándome friky.

Pero para ello necesitaré la ayuda de todo aquél que pase por este blog, aunque sea por equivocación, soy bastante inexperto en este mundo blogero y cualquier ayuda me vendrá bien. Además un lugar donde compartir mis ideas y relatos no sirve de nada sin personas que lo lean y comenten. Así pues siéntanse invitados a comentar, sugerir y criticar (no hace falta decir que siempre desde el respeto) cualquier cosa que les pase por la cabeza. No tengan miedo en convertir este lugar creado para verter mis ideas en un lienzo donde poder pintar con las suyas propias.

Gracias a todos y espero disfruten de este humilde blog.