miércoles, 9 de mayo de 2012

Nunca te enamores



Aquella carta, perturbó mi alma como si de una sentencia de muerte se tratara. Debía poner fin a mi tapadera. Despedirme de la vida que había llevado durante más de quince años. Raúl Camino Rosado, letrado en un importante bufete de abogados en el centro de la ciudad, mi yo ficticio, desaparecería para siempre de la faz de la tierra.
         Las instrucciones eran claras. La vida que me había llevado quince años construir, debía ser destruida en unos pocos segundos. Tenía el tiempo justo de coger sólo aquello que delatara mi verdadero origen y luego salir de allí pitando como un cohete.
         No me concedían tiempo para despedirme de Laura. No era la primera mujer que abandona, pero esta vez era distinto. Creo que realmente la quiero. Su imponente figura, sus curvas capaces de quitar el hipo, sus tiernos y dulces labios de gominola, sus hipnóticos ojos verdes que parecían ser capaces de adivinar mis pensamientos, era justo el tipo de mujer a la que nunca debía de haberme acercado. Había violado la primera norma del espía: Nunca te enamores.
         Pero ya era demasiado tarde, el mal estaba causado. En la carta me informaban de que mi tapadera había sido descubierta, que mi vida corría peligro. Por ello debía desaparecer lo más rápido posible. ¿Quién pudo descubrir mi verdadera identidad? Había sido muy cuidadoso. Me resistía a marcharme y creía que si descubría al maldito bastardo que me había desenmascarado, quizás permitirían que siguiera con aquella identidad. Junto a la preciosa y cariñosa Laura.
         Por más que lo intentaba, no conseguía descubrir en que había fallado, cual había sido el error que había puesto en evidencia mi mentira. Tales pensamientos me entretuvieron. No demasiado, siquiera diez minutos, pero sí lo suficiente. A mi espalda me apuntaban con una pistola. Pude ver con claridad quien era, pues yo me encontraba frente a un gran espejo que ocupaba una gran parte de una pared del dormitorio. Era Laura. La hermosa Laura, la cariñosa Laura, la mortal Laura. Mi único amor, mi peligroso enemigo. Por mi cabeza taladró la única norma que no cumplí, la única que debía haber cumplido. Nunca te enamores, por que te cegará. Nunca te enamores porque te matará.


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